Deep Water, el naufragio de la razón en las aguas de la mediocridad
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Inconsistencia narrativa, efectos visuales de saldo y una dirección a la deriva convierten el último thriller de catástrofes de Renny Harlin en un desolador insulto a la inteligencia del espectador.

por Antonello De Pierro
Roma - Nos lo llevamos preguntando desde hace años, mientras observamos estupefactos el desolador espectáculo de ciertas producciones cinematográficas distribuidas con descarada vanagloria en nuestras salas: ¿hasta qué punto debe el público seguir sufriendo el asalto desconsiderado de los mercaderes de la nada? ¿Hasta cuándo tendremos que asistir al triste deceso del sentido común, sacrificado en el altar del consumismo ramplón de taquilla playera?
La respuesta, por desgracia, flota amenazante y fatigada entre las olas de Deep Water, el último esfuerzo (y jamás término fue más apropiado) firmado por Renny Harlin.
Sobre el papel, la trama pretende presentarse como un adrenalínico cruce entre el cine de catástrofes y el thriller de tiburones: un vuelo comercial de Los Ángeles a Shanghái obligado a realizar un amerizaje de emergencia en pleno Océano Pacífico, en garras de una manada de tiburones hambrientos. En la práctica, nos encontramos ante un verdadero naufragio creativo, una bochornosa sucesión de clichés manidos y extravíos estilísticos que ofenden la inteligencia de los espectadores.
Resulta imposible callar ante la poquedad de un guion que parece haber sido abocetado en el reverso de un ticket de compra. Las lagunas argumentales se multiplican, sostenidas por una lógica deshilachada que exige no ya la suspensión de la incredulidad, sino una lobotomía temporal absoluta. Se pasa de incendios grotescos y dinámicas de impacto risibles a lanchas neumáticas que parecen de papel maché, listas para desinflarse a la menor mirada, por no hablar de diálogos ridículos que pretenden abordar dilemas sociales y barreras culturales para terminar ahogándose miserablemente en el ridículo involuntario. Un romance de plástico, conductas demenciales y personajes de cartón piedra completan un cuadro desolador.
Pero el verdadero desastre se consuma en el plano interpretativo y de los efectos especiales. Produce una pena profunda ver a un actor de pasado digno como Aaron Eckhart obligado a vagar entre chatarra digital con la expresividad de un maniquí de yeso, mientras el resto del reparto flota sin rumbo alguno, absolutamente incapaz de transmitir un solo átomo de verdadera tensión o auténtica desesperación. ¿Y qué decir de los afamados tiburones? Una Computación Gráfica descuidada, por momentos sonrojante, transforma a los temibles depredadores del mar en siluetas carentes de peso y estética, capaces de provocar risas amargas en lugar de escalofríos.
Nos hallamos ante la enésima demostración de cómo una industria desprovista de ideas intenta colarle al público "notoriedad de cartón" y efectos especiales de saldo, envolviéndolos con nombres altisonantes para enmascarar la nada más absoluta. Renny Harlin nos ofrece un caldo refrito, una "película de serie B" a la que le falta incluso la honestidad de admitir su propia naturaleza, arrogándose el torpe derecho de tomarse en serio a sí misma.
Deep Water no es solo una mala película; es el manifiesto de una zafiedad cultural que nosotros, con nuestro inagotable afán de verdad, continuaremos sancionando sin contemplaciones. Sus pretensiones artísticas se hunden inexorablemente en los abismos del olvido. Suspendida sin paliativos.